Mariposas de cristal

Capítulo 3.

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Mariposas de cristal

Caminaba despacio y me dedicaba a mirar el bello paisaje que me rodeaba, el cual me perdí mientras me llevaban a mi última morada, por estar atrapado en la maletera de un auto. Aunque la verdad no había mucho que admirar, salvó bosques a diestra y siniestra. Era hermoso de cierta manera y me recordaba los paseos que solía hacer con una de esas tantas familias en las que estuve. En esa ocasión, morí a causa de un cáncer. Había sido el único hijo que se dio con éxito en esa pareja, luego de catorce intentos fallidos, yo nací de nuevo, un par de días después de que un ebrio me atropellara y muriera al romperme la cabeza en el pavimento. A esa pareja les gustaba mucho salir de campamento y por fin habían tenido el hijo que querían para disfrutarlo en familia y cuando cumplí once años, me diagnosticaron un caso muy agresivo de cáncer en los huesos.

Terapias, medicinas experimentales, naturales, nada funcionaba. Después de haber pasado los once años más felices de cualquiera de mis vidas, quedé confinado a una cama de hospital. Ya no podía ir de campamento, ni escalar o salir a montar. Mi madre lloraba seguido incluso cuando intentaba escondérmelo. No puedes esconderle esas cosas a alguien como yo. Mi padre solía salir para que no lo vieran llorar, siempre decía que iba por medicinas y volvía con los ojos hinchados. Odiaba lastimarlos tanto, pero no podía hacer nada. En esa ocasión morir de golpe habría resultado mucho más conveniente, sin embargo, no fue el caso. Ahora caminando en aquella carretera rodeada de bosques, recordaba las canciones que nos gustaba cantar cuando íbamos en la camioneta de papá. Por fortuna unos meses antes de mi muerte, mamá descubrió que estaba embarazada. Aunque no supe que fue de ese bebe o de ellos.

Tarareaba una de aquellas melodías que a él le gustaba cantarle a mi madre. Un tema de Elvis, que hablaba sobre no poder evitar enamorarse de ella. Mamá adoraba esa canción. Miraba los autos pasar junto a mí, pero sabía que nadie podía verme a mí, por lo que entre ratos caminaba en medio de la calle sin darle la menor importancia al asunto, a fin de cuentas, nadie iba a atropellarme esa vez. Los faros alumbraban el camino pues el sol se había ocultado ya. Ahora pasaban cada vez menos de ellos, pero no era algo que me causara importancia. Me llamó la atención un coche parado a un lado de la carretera, con las luces intermitentes encendidas.

access_time14/09/2021 21:09
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