Entre aquí y más allá 7.

Extraños sucesos reales. Unos relevantes otros inadvertidos.

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Entre aquí y más allá 7.

Entre aquí y más allá 7.

 

Esta séptima entrega, la última de la serie de artículos titulados “Entre aquí y más allá” y que complementan la historia en los tres anteriores de “Entre Guerras, Dictaduras, Conflictos y Aventuras”; narrará situaciones vividas en cuatro eventos distintos, los cuales resultan azares producto de una misma condición.

“Para el año 1.938 los diversos elementos que conforman una dieta sana, debido a la guerra civil, escaseaban en muchas de las ciudades españolas, Valencia estaba entre ellas. Después de un tiempo de iniciada las acciones del conflicto cruento y fratricida, sectores de la ciudad permanecían en ruinas; la gente en la calle se mostraba con diversos grados de desnutrición, y empobrecida, no contaba con la elegancia de otrora y vestían ropas holgadas, raídas y calzado desgastado. Invertían lo mucho o poco que tenían –en caso de hallarlo-, en adquirir algo que dar de comer a sus familias. La hambruna general había arrasado con todo lo que oliera a comestible, incluso, con algunas no habituales como carne de caballo o paloma. Esta situación era atravesada por Consuelo y su familia que, a pesar de contar con suficientes recursos enviados por su esposo Vicente desde Las Américas, le era difícil encontrar qué comer”.

-En varias oportunidades le tocó a la familia permanecer por horas, en ocasiones días bajo tierra, cubiertos bajo la protección de la infraestructura del metro de la ciudad. Allí, formaban grupos para cocinar un caldo dentro de grandes cacerolas o recipientes, lo que encontraran; así en cubas de 40 o más litros y con una pisca de sal, enjuagaban dentro del agua caliente un muslo de pollo, una papa o una col, que luego extraían para la siguiente ocasión. Luis, el menor de la familia, en una de esas visitas subterráneas llenó de piojos su cabeza. Para el chico, la picazón producto de aquello era insoportable; llegando al extremo de rascar su cabeza con diversos objetos, herirse y sangrar. No había otra fórmula para deshacerse de los molestos animalitos, sino raparse por completo la cabeza. A pesar de su corta edad, juró jamás volver a entrar en esas instalaciones, “así tuviera que protegerse debajo de un puente”, proclamaba ante los demás con notoria molestia. Y de ese modo lo hizo. Cada vez que sus vidas corrían peligro y buscaban refugio subterráneo, Luis por su cuenta, corría en otra dirección y se protegía del ataque en el primer sitio que encontrara propicio para ello.

-Manolo, uno de los hijos de Consuelo, cayó en cuenta de lo siguiente: “Observó qué día y a qué hora llegaba a uno de los cuarteles republicanos, un camión acarreando pan”. Por lo que acordó con sus hermanos detallar qué rutina seguía al llegar. Desarmados, pretendían robar una parte de su valiosa carga. Con esas intenciones vieron al conductor descender del camión, el cual estaba cubierto por una lona a manera de techo y paredes, pero seccionada en dos en la parte trasera. Su escolta, un joven no mucho mayor a ellos pero con un rifle al hombro, descendía del mismo, y caminando alrededor, esperaba el regreso de su compañero que, ausente por unos momentos, notificaba en la alcabala el arribo del cargamento. Dos chasquidos para largar el pan y un silbido para detenerse fue el arreglo al que llegaron los hermanos. Al rondar el escolta hacia la cabina y de espalda a ellos, tomaron por piernas y brazos a Luis y lo lanzaron por el aire y por entre la separación de la lona, el niño cayó dentro sobre una montaña de pan duro y mohoso, y con sigilo se acercó al sitio por donde había entrado. Inmóvil y atento esperó tras la lona entreabierta la señal. Al escuchar el doble chasquido la abrió un poco y lanzó varios afuera, hacia sus hermanos, y de nuevo quedó inmóvil al escuchar el silbido. Los demás, con las camisas entreabiertas bajo los abrigos, esperaban el pan para atraparlo y esconderlo entre sus ropas. La operación se repitió varias veces, hasta que vieron al chófer regresar. Uno de ellos tronó sus dedos y Luis volvió a entreabrir la lona, vio sus rostros asintiendo y saltó al piso mordiendo una hogaza y con varios trozos en los bolsillos. Justo en ese momento el hombre de regreso apuraba el paso y su escolta, del otro lado de la cabina, abría la puerta del vehículo para entrar. Sus hermanos vieron al conductor percatarse de qué ocurría y cubrieron con sus cuerpos la retirada del niño. El hombre de grandes bigotes quedó inmóvil y pensativo observando aquello, sonrió, y luego asintió levemente, y sin prestar atención al chico, que corriendo se perdía entre la gente a la distancia, se marchó.

-Para la época, la Guardia Civil custodiaba calles, plazas y parques. Uno de los parques que engalanaba la ciudad, contaba entre sus instalaciones con una gran y sobria pileta, la cual se enseñoreaba con una hermosa escultura sobre el agua, desde donde salían finos chorrillos que al caer, oxigenaban de forma burbujeante el agua quieta de la pileta y ofrecía un grato susurro a los que allí disfrutaban del remanso, aislado del trajín y el bullicio citadino. El espejo de agua era contenido por un borde que, por su altura, no lograba fungir como asiento para la gente adulta, pero para los niños tenía las dimensiones perfectas. Dentro de la claridad verdosa del fondo y su frescor, se podía ver fácilmente, una no muy cuantiosa cantidad de peces que, jugueteando a los ojos infantiles, iban y venían moviendo sus aletas, algunos hasta chapoteaban al ras de la superficie cuando las personas lanzaban pizcas de pan. Aquello no pasó desapercibido a la mirada curiosa e intranquila de Luis, quien acordó con su hermana mayor Mercedes, buscar la manera de atrapar uno de aquellos peces y llevarlo a casa para comer. Así consiguió una aguja, que logró bajo el ardor de la llama de una vela, doblar a manera de anzuelo; luego le enhebró y anudó un hilo, y ambos, a la primera oportunidad que tuvieron fueron a la pileta del parque y se sentaron en su borde tratando de pasar inadvertidos. Mercedes miraba el entorno, mientras que Luis de forma inexperta y disimulada, lanzaba la aguja hacia el agua sentado en el borde. Cada vez que un pez se acercaba a la aguja, Luis daba un tirón al hilo tratando de ensartarlo. Un tanto lejos de allí, entre la gente, los ojos de un guardia civil se percataron de sus intenciones e inmediatamente fue a por ellos. Mercedes le vio venir y avisó, y ambos chiquillos se espantaron y huyeron corrieron en sentido contrario; pero el compañero del agente se interpuso y los apresó. A pocos metros de reunirse las dos autoridades, la sirena anunciando la proximidad de un ataque, hizo saber a todos que debían buscar refugio. Luis y Mercedes aprovecharon la ocasión, y bajo el momento de distracción, lograron zafarse de las manos del guardia y rápidamente se escaparon entre la multitud que corría asustada y en direcciones diferentes.

-Los hermanos varones y Mercedes se escabulleron de Consuelo y junto a un grupo de jóvenes amigos, temprano en la mañana, antes del alba, salieron caminando hacia las afueras de la ciudad. La misión era entrar en un sembradío de naranjas y acarrear con la fruta que pudieran cargar. Vicente el mayor de los hermanos asumió el comando de su grupo, y al llegar, apartando la cerca de alambres entraron a terrenos del huerto. Cada uno de los grupos se encargó de un sector, lo importante era que el sitio de recolección estuviera próximo a la cerca. Se divertían, reían y comían, tomando solo lo que podían llevar en pequeñas bolsas y encima, gracias a que, acarrear al hombro con sacos llamaba la atención. En ese momento de tertulia y descuido escucharon a la distancia una detonación. Los que habían trepado los árboles, igual que Mercedes, se lanzaron al terreno e inmóviles y confundidos se vieron las caras, a la vez que con las miradas puestas en la distancia, revisaban el sitio desde donde había provenido el estallido. Les habían advertido que el huerto a esa hora temprana se encontraba sin vigilancia. Pero ese día, eso no fu así. Aún lejos vieron a varios hombres correr hacia ellos. Comenzaron de inmediato la estampida. Vicente velaba por sus hermanos y les hizo correr por entre los árboles mientras escuchaba tras su espalda más detonaciones, hasta que su grupo alcanzó de último la cerca y escaparon por un costado del camino que los había conducido hasta allí, pero tratando de esquivar vehículos y eludiendo las miradas ajenas. La pericia de Vicente hizo que sus hermanos y él escaparan ilesos, pero no se podía decir lo mismo de chicos en los otros grupos, que a pesar de llegar antes al alambrado, recibieron en cuello, piernas y brazos tiros de escopeta cargadas de cartuchos rellenos con sal en piedra, la cual se abotonaba bajo la piel y causaba una herida que, además de dolorosa, se expandía y era realmente difícil de curar.

 

Jl. Furió.

access_time30/07/2021 22:48
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