Entre aquí y más allá 6.

Extraños sucesos reales. Unos relevantes otros inadvertidos.

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Entre aquí y más allá 6.

Entre aquí y más allá 6.

 

Transcurría el año de 1942, cuando Margarita descubría que tenía un padrino. Hombre de traje y sombrero oscuros; rechoncho y con prominentes bigotes; taciturno y amigo de su padrastro, quienes luego de muchos años trabajando para los mismos patronos forjaron una sólida amistad. El señor Oswaldo (padrino) era un ser ermitaño y de pocas palabras, aun así logró adquirir algo de tierra aledaña a la hacienda, y en las que además de cosechar verduras, plátanos y algunos árboles frutales, mantenía un pequeño rebaño de cabras y corderos. En una visita de la familia a la casa de su padrino, luego del servicio dominical, éste vio con sigilo y curiosidad, como Margarita se encariñaba con un animal y el animal con ella. De inmediato Margarita acariciando su pescuezo y como si contara con una joroba, llamó al animal Chepa, mientras que, intrigado, el señor Oswaldo observaba que a donde caminaba la niña tras de ella iba la chiva, ese mismo día con una sonrisa obligada a manera de murmullo se la obsequió.

Margarita no salía de su sorpresa, nunca nadie le había regalado nada ni había sentido la sensación de ser dueña de algo. Sus pertenencias se limitaban a la ropa y calzado apretado para los domingos, misma que utilizaba para asistir en alpargatas a la escuela, la cual bajo amenaza debía mantener limpia durante la semana, para ser lavada el sábado y utilizar de nuevo al día siguiente. Antes de llegar a ella, el vestido usado fue traído por su padrastro como regalo desde la casona de la hacienda, pasó a las manos de su hermana mayor, y sólo ahora que por su talla ya no le servía, era utilizada por ella. ¡Ah! también conservaba una pequeña y malograda muñeca de trapo que confeccionó con ayuda de su mamá, y que contaba con un único botón como ojo, ella misma había rellenado con paja seca el cuerpo y la cabeza y le había dado por nombre, algo así como Cuperta.

La atracción especial de esa tarde al llegar a la cabaña era Chepa, el nuevo miembro de la familia. Su padrastro Vicente decidió que un pequeño lote de tierra cercado por una empalizada maltrecha y a un costado de la cabaña, fuese la nueva residencia del animal, y además que todas las mañanas se ordeñara para que no faltara en la mesa leche fresca de cabra. Margarita quería meter al animal en la casa, al negar tal locura, la niña quiso quedarse afuera con Chepa para cuidarla, algo que también le negaron. Margarita pensaba que siendo su dueña iba a dirigir sus destinos, así que cuando se enteró que eso no iba a ocurrir, se molestó. Días después se encargó de buscar y llevar pequeños troncos y ramas para hacerle un muy modesto cobertizo, lo suficiente para cubrirla y que Chepa se echara y descansara protegida de las inclemencias del tiempo. También se le ocurrió hacerle una cama con pasto seco bajo la cubierta, pero Chepa se comía la cama. Así que de esa idea desistió.

Pasaban los días y Chepa no daba leche en las mañanas. Inés encomendó a Margarita, amarrar un mecate al cuello del animal y pasear por los alrededores, a ver si así, Chepa se habituaba a su nuevo entorno y les concedía el beneficio de la leche. En un recodo apartado, lejos de la cabaña y con Chepa sujeta, la amarró a la rama de un árbol y se echó boca arriba bajo Chepa para ver porque el animalito no producía leche por sus ubres. Cual no fue su sorpresa, cuando al apretar una de las ubres salió un hermoso, tibio y rico chorro de leche. Margarita no podía desperdiciar la oportunidad, así que luego de limpiarse la cara, se volvió a colocar debajo y apretando las ubres se deleitó esa tarde bebiendo hasta que se sació. Al regresar, de nuevo metió a Chepa en su corral y no comentó lo que había sucedido. En los días consecutivos el animal continuaba seco en las mañanas y Margarita la sacaba a pasear todas las tardes. Luego de varios días y observando ahora, que Margarita era quien precipitada insistía todas las tardes en pasear, la suspicacia de Inés afloro, y en silencio una tarde le siguió para averiguar por qué tanta insistencia de su hija en pasear al animal.

La paliza propinada a Margarita con un rejo, luego de que Inés se enteró qué hacía con Chepa, fue de pronóstico reservado. Ahora magullada, adolorida y castigada en casa, el encargo de pasearla recayó sobre Ana, su hermana mayor; sin embargo, a pesar que Margarita no vaciaba sus ubres cada tarde, Chepa seguía sin dar leche en las mañanas, incluso tampoco en las tardes. Nadie en casa se explicaba qué era lo que sucedía con aquel hermoso animal. Transcurrido un tiempo y debido a una emergencia en la casona de la hacienda, un sábado Inés salió presurosa de la cabaña hacia el río para lavar una lencería, ocasión que Margarita esperaba en su mente con ansiedad y que no dejó de aprovechar. Ahora sola, podía mostrar su preocupación a Chepa; con calma le habló suave y le confortó acariciando su pescuezo. Boca arriba se introdujo debajo y la revisó, hasta que le apretó una de sus ubres, entonces le regaló su deliciosa leche tibia. Sorprendida quedó contenta, porque al instante supo que no estaba enferma, pero tampoco atinaba qué hacer, por lo que de nuevo guardó silencio. Los incidentes de momento se olvidaron, pero aún tenía prohibido pasear al animal, así que Chepa quedó en el corral sin dar leche y ella le visitaba continuamente.

Poco tiempo después Ana fue enviada a trabajar en una casa de familia en la capital. Eso representaba una boca menos que alimentar. A ella le siguió Margarita, quien no pudo regresar sino años después. Ya hecha una hermosa mujer y llegado el día de su arribo a casa de Inés, con su mirada vivaz e intranquila buscaba a su querida Chepa, hasta que sin hallarla preguntó. Fue cuando se enteró del triste suceso de su muerte años atrás, semanas después de su partida.

 

Jl. Furió.

access_time25/07/2021 22:06
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