Entre aquí y más allá 5

Extraños sucesos reales. Unos relevantes otros inadvertidos.

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Entre aquí y más allá 5

Entre aquí y más allá 5.

 

Apenas había transcurrido la hora del almuerzo, cuando decenas de personas, en su mayoría trabajadores de empresas cuyas oficinas se encontraban ubicadas en las adyacencias de una de las plazas que hacen vida en el centro de la ciudad de Valencia, España, disfrutaban de un momento de descansó, charla y entretenimiento, antes de regresar a sus respectivas responsabilidades y actividades laborales. Por lo que algunos, mientras charlaban y sonreían degustaban de una taza de café, un postre, una copa de vino o un licor digestivo. Nadie, arropado bajo el descuido del cotilleo y la alegría del momento, logró percibir que a gran altura un escuadrón de bombarderos dejaba caer sobre la ciudad su carga mortífera. No hubo ninguna señal de advertencia, sino que luego de escuchar por un instante el silbido de la muerte entre el murmullo generalizado, ocurrió la primera explosión, la cual fue seguida por muchas otras, azotando los techos de algunos edificios contiguos y barriendo las inmediaciones de la plaza, donde hacían vida tiendas y bares que daban servicio a grupos de mesas sobre la acera al aire libre. Un bombardeo había tomado por sorpresa nuevamente a la ciudad. No es determinante para este relato describir al detalle la terrible escena posterior al bombardeo, pero sí, que un parte de guerra emitido minutos después, destacaba la desesperada, terrible y lúgubre situación imperante en ese sector de la ciudad. El parte de guerra era narrando por varias emisoras locales de radio, las cuales llamaban a la colaboración de los escuchas hombres para ayudar a las autoridades y socorristas.

Consuelo y su familia estaban en casa lejos de los sucesos, cuando muy a la distancia escucharon las explosiones. Sin saber exactamente qué ocurría, luego con curiosidad y gran asombro atendían cada palabra de una de las emisoras que se hizo eco del espantoso acontecimiento y solicitaban la ayuda de civiles. Vicente, el mayor de los hijos varones de Consuelo, le dijo a su mamá que iba a atender aquel llamado para asistir con lo que fuese necesario. Inicialmente Consuelo trato de impedir que el muchacho siquiera saliera de casa, pero la insistencia y sus ganas por ayudar, contribuyeron a desarmar los argumentos que su madre procuraba, pero aun así la negativa persistió por unos instantes, hasta que su hermano José dos años menor, intervino ante ambos apoyando a Vicente y prestándose a acompañarle para cuidarse entre ambos y colaborar a la medida de sus posibilidades. Consuelo entendía que no era un simple capricho adolescente y con toda la angustia que la decisión meritaba, no tuvo más opción que dejarles ir. El resultado de aquella iniciativa dejaría en los dos muchachos una huella imborrable, una que marcaría como ninguna otra un hito en sus cortas vidas.

Además de lo que estremeció a su hermano Vicente, José quedó impresionado al ver bajo una de las calles bombardeadas, las entrañas de la ciudad. La magnitud de la perforación por la explosión luego de que el proyectil hiciera impacto allí, al menos a sus ojos era monstruosa. Según su adolescente cálculo era capaz de tragarse diez vehículos con facilidad. Al mismo tiempo, también le permitió observar al detalle y con desconcierto debajo de la superficie de la calzada el drenaje destruido en pedazos, el cual continuaba funcionando, conduciendo y derramando agua servida en el tramo de la rotura, la cual al caer escurría sobre la tierra húmeda pero ardida y humeante debido al calor producido por la explosión.

Lo que más repercutió en la vida de Vicente fue alcanzar a ver lo sucedido en torno a la plaza sobre la cual, la gente reunida, disfrutaba de un momento de esparcimiento luego del almuerzo y antes de iniciar nuevamente las labores. Los proyectiles, sus detonaciones y las esquirlas habían hecho su funesto y mortal trabajo. Pocos iban a ser los sobrevivientes de aquel desastre que, aun quejándose lánguidamente, pudieron luego de sanar sus heridas relatar su experiencia. La mayoría yacía sobre el pavimento teñido de rojo; sus cuerpos mezclados y desmembrados hallaban partes a metros de distancia. Al verse Vicente inmerso entre aquella horrible estampa, de inmediato se le descompuso el cuerpo, mareado sentía escalofríos y no pudo controlar sus nauseas. José le ayudó a caminar para tratar de airearse, hasta que vio como una persona tendida e inmóvil, mostraba la herida en su cabeza sin cuero cabelludo ni corteza cerebral; todavía su masa gris latía dentro de la cavidad expuesta. El muchacho se desmoronó y José le ayudo a incorporarse para salir de allí y regresar a casa. Por días Vicente quedó taciturno entregado a sus recuerdos, los mismos que no le permitían dormir. Tardó tiempo para lograr restablecerse y años para ingerir de nuevo carne, pero nunca más se alimentó con vísceras de animal. Pasados más de cincuenta años de aquel trágico evento de guerra, todavía su cuerpo se estremecía y era abordado por una sensación escalofriante de pesar cada vez que lo recordaba.

 

Jl. Furió.

access_time19/07/2021 01:20
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